lunes, 6 de noviembre de 2006

En tus ojos

Ese día no me apetecía hacerme nada de comer, y se me echaba encima la hora de irme a trabajar. Además lo que había en la nevera no era como para tirar cohetes. Cumplo los cánones del hombre que vive solo, ése y otros como ir de flor en flor esperando la llegada de una pareja (más o menos) ideal. A fin de cuentas, creo que como mejor se está es en pareja, a pesar de mis experiencias anteriores. Debo de tener un punto masoquista, porque no escarmiento.

Me acerqué al bar de la esquina. Lo bueno de vivir en un barrio es que siempre tienes el bar de la esquina a mano. Menú casero, con lo que la calidad ya está añadida, cantidad y buen precio. Me senté mientras leía los titulares del periódico que recogí a la entrada, encima de la máquina de tabaco. Otra subida del euribor. Atentado en Israel. Veinticuatro muertos en la carretera el fin de semana. Sensación de déjà vu.

Estabas en la mesa de delante de la mía, compartiendo mesa con un hombre que me daba la espalda. Debías tener unos treinta y siete o treinta y ocho años, mal calculados porque aparentabas bastantes más. Más que ser guapa, tenías esa dulzura en el rostro que no engaña. La cara es el espejo del alma, y estoy seguro de que en este caso era así más que nunca.

Nos cruzamos la mirada, mejor dicho, me miraste fugaz, casi furtivamente. Tan furtivamente que estoy seguro que ya te habías fijado en mí cuando me sentaba en mi mesa. Te contemplaba mientras comía, y tú seguías haciendo lo propio en silencio. Un par de veces que hiciste algún comentario fue contestado por tu pareja con algo parecido a un gruñido. Era tu marido, llevabas alianza. Ibas vestida con lo primero que habías encontrado, sin maquillar, y tu última visita a la peluquería debió de ser hace varios meses, a juzgar por la longitud desde la raíz del cabello hasta el teñido. Sólo un poquito más arreglada habrías mejorado muchísimo.

Tenías varias marcas en el brazo izquierdo, que era el que podía ver, en diferentes tonos entre azulado y casi negro. La herida del labio inferior debió de tener bastante mal aspecto días atrás, pero ya se estaba poniendo bien. Pero las peores heridas las pude ver a través de tus ojos otra de las veces que se posaron en los míos. Pude ver angustia, dolor, impotencia, vergüenza.

Nunca olvidaré la sonrisa entre triste y resignada que me dedicaste cuando pasasteis junto a mi cuando os marchabais. Tu caminabas tras él, naturalmente. De otra forma no habría sido posible. Y si lo hubieses hecho, quizá te hubieses ganado una nueva marca en tu frágil cuerpo.

3 comentarios:

ninfa secreta dijo...

Podría decir que es hermoso, por lo bien escrito, pero el mensaje es demasiado real y duro.

No dejes de escribir

José Antonio dijo...

Gracias.
Lo próximo, menos crudo. Palabra.

tumejoramig@ dijo...

Como duele... lo que podía ser una historia de amor y se convierte en una historia de dolor... y el amor que duele, duele a veces por desamor... por esos golpes que no se merecen, por esos momentos que matan tantos sueños, tantas ilusiones, tantas vidas...

Que tu mirada haya dado vida y luz a su mirada, y que algún día pueda pensar en que hay algo más allá de esa realidad que no se merece.

Cierto, no dejes de escribir, por favor...

Un abrazo